viernes, 26 de octubre de 2012

COLIGARSE

Hace aproximadamente dos semanas adquirí el libro Dolerse. Textos desde un país herido de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza.
No recuerdo haberme afligido tanto mientras realizaba una lectura o tal vez sí, en la época de mi niñez, cuando leí el libro de Edmundo de Amicis Corazón: Diario de un niño. Sin embargo las emociones fueron distintas, pues toda emoción es imparcial en su momento. Pero a estas alturas, saberse plantado en un terreno donde ya sólo existe la supervivencia y no el de vivir tranquilamente, donde los ciudadanos somos presas de las balas todos los días. Donde el pan de cada día para la mirada es el cadáver de algun hombre, mujer, niño, niña, anciana, anciano... Saberse víctimas, cómplices, cadáveres... Asumir la tristeza, el llanto de la madre que exige justicia para sus dos hijos es en verdad la amargura más efusiva que hasta ahora haya experimentado. El libro, serie de ensayos, crónicas y algunos poemas exhorta a mirar este país desde otra frontera, es desenmascarar esta patria en el que estamos en cierto modo vendados, no ya por la herida sino por la información amarillista. El libro es; reclamos, muchas denuncias. La autora sin proponérselo, narra desde la voz de la madre, de los hijos caídos, de la muerte que acecha día a día, invito a leer este libro para solidarizarse y darse cuenta de que la muerte jamás está lejos.

martes, 16 de octubre de 2012

¿Evocación para qué?

El espíritu solo
Al conmoverse canta:
Cuando el amor lo agita poderoso
Tiembla, medita, se recoge y calla. 
José Asunción Silva
¿Y cómo habría de estar mi espíritu sino temblando? Pero el temblar es cuestión de segundos y exageradamente; minutos. Uno puede ser grosero con métodos muy sutiles: la inteligencia y la sabiduría.
¿Cómo habría de abordar una evocación maravillosa que después se transfiguró tormentosa? por supuesto que no con el silencio, o sólo mirar mirar y mirar y aceptar el "a continuación" la manera más precisa (para mí) es la de convencerse que uno tiene ya en su vida la bandera de la victoria y entonces dar cabida a las voces, las acciónes y no está por demás decir: La conduca camaleónica.

miércoles, 3 de octubre de 2012

SELECCIONADO

Con tanta alegría, saber la noticia que fui seleccionado para estar en la antología del tercer encuentro de poetas nacidos en los 80s Moebius 2012.
http://moebius80.blogspot.mx/

jueves, 23 de agosto de 2012

PRIMER LLANTO

He aquí un poema que fue publicado en la revista Molino de Letras (julio-agosto) de la Universidad de Chapingo.

Primer llanto

Madre, algunas palabras envejecieron contigo:
Golpes,  lluvias que arrastraban mi dolor morado
y yo
lloraba.
Gritos, relámpagos de trenzadas frases
y yo
lloraba.
Envejeció el “¡Guarda silencio!” en un murmullo
sobre la mesa familiar
el día que el odio se atoró en los ojos de mi padre
y tú apretabas los dientes crepitando temor 
mientras yo lloraba.
Envejeció y murió el suave “¡Compórtate!”
fusilado un domingo de  misa
con la bala de tu puño
y yo
                        lloraba.
Madre, a tus pomposas palabras les brotaron arrugas
y mis tardes encanecieron lejos de tu boca —asilo de advertencias—,
lejos de tu sombra  —delantal de mi cuerpo—.
Madre, hoy vengo acompañado de mi mala costumbre ─el llanto─
para obsequiarte la joven palabra: “Descansa.”

jueves, 16 de agosto de 2012

Brevedades de lo efímero


Mis vacaciones de dos semanas fueron en realidad, una nostalgia, provocada por un tercero he de decir.
No puedo describir sensaciones que jamás he vivido o experimentado, sin embargo sé suponer los afectos de las realidades humanas.
Hace un  mes falleció la esposa de ese señor que vive ahí, en esa casa de terreno amplio me dice mi hermana mientras enjuaga algunas prendas. La tarde en ese momento era de cielo despejado, de perros echados en la calle mordiéndose el lomo.
Pobre señor, creo que hace una semana perdió su trabajo prosigue mi hermana mientras yo acierto con un movimiento con la cabeza. La tarde termina su turno y a continuación la noche llega con sus innumerables ruidos, es entonces cuando veo subir la calle a un hombre que se dirige a su casa, a esa casa de terreno amplio. Avanza con una paciencia terrible, se detiene, observa a su alrededor y justo en la puerta principal recarga su brazo y posteriormente  sobre éste, su cabeza con sombrero de paja, consigo darme cuenta que el hombre está llorando, llora con el clima frio de costumbre, escupe, se seca las lagrimas con el antebrazo, al parecer es inevitable,  agacha la cabeza y entonces escucho su llanto. Le comento a mi hermana lo acontecido y ella con gran tristeza comenta.
Pobre señor, de verdad siento mucha tristeza por él, pues su hijo que apenas tenía diez y siete años, embarazó a su novia, dejó la escuela y se puso a trabajar, desde entonces al joven también lo noto muy triste, jamás los he visto juntos, nunca he visto que salga con su “ahora esposa” llega de trabajar temprano y se va a caminar al parque, alguna vez me lo encontré ahí sentado, arrojando piedras al azar y cuando, al parecer, se aburre, regresa a su casa, de ahí no vuelve a salir hasta el día siguiente.
No puedo decir nada, comparto la nostalgia ajena y sin embargo me siento parte de esa incidencia. Y así transcurrieron, dos días, tres, una semana y finalmente dos, en que veía llegar a ese señor con la escena nada gratificante para mi alma. No soy nada para poder alterar padecimientos del corazón, pero me pregunté ¿cómo podría superar yo la muerte de mi esposa, más si fue la mujer que amé durante ese transcurso de mi vida? Por supuesto que no obtuve la respuesta, menos ahora que lo he repensado.  Podría adelantarme a conjeturar: Llorar, llorar como aquél hombre hasta comprender que la paz se adquiere a través del tiempo. Y ya entrado en llantos (y no es ironía, como acostumbro) sino, padecimiento humano, dejo acá el poema de Oliverio Girondo mientras lo releo acompañado de un timbre de voz inentendible debido a algunas lágrimas.
Llorar a lágrima viva...

Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!