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lunes, 6 de mayo de 2013
Justo ahora me sucede
A veces la memoria nos saca de la infancia, bellas imágenes y otras veces un llanto.
lunes, 8 de abril de 2013
Viajes
Me decido a viajar. Pero ¿a dónde? tal vez el lugar no sea la cuestión, sólo es viajar, intervenir miradas y huellas en lugares jamás inolvidables para el futuro de la memoria. Me decido a viajar no solamente yo, sino tú, ustedes y nosotros. Alguien ya ha dicho que me encamino al "genio" y lo agradezco enormemente porque posiblemente me encamime más al ingenuo que al genio, de todos modos un viaje es siempre una novedosa fuga.
jueves, 16 de agosto de 2012
Brevedades de lo efímero
Mis vacaciones
de dos semanas fueron en realidad, una nostalgia, provocada por un tercero he
de decir.
No puedo
describir sensaciones que jamás he vivido o experimentado, sin embargo sé
suponer los afectos de las realidades humanas.
—Hace
un mes falleció la esposa de ese señor
que vive ahí, en esa casa de terreno amplio —me dice mi hermana mientras
enjuaga algunas prendas. La tarde en ese momento era de cielo despejado, de
perros echados en la calle mordiéndose el lomo.
—Pobre
señor, creo que hace una semana perdió su trabajo —prosigue mi hermana mientras
yo acierto con un movimiento con la cabeza. La tarde termina su turno y a
continuación la noche llega con sus innumerables ruidos, es entonces cuando veo
subir la calle a un hombre que se dirige a su casa, a esa casa de terreno
amplio. Avanza con una paciencia terrible, se detiene, observa a su alrededor y
justo en la puerta principal recarga su brazo y posteriormente sobre éste, su cabeza con sombrero de paja,
consigo darme cuenta que el hombre está llorando, llora con el clima frio de
costumbre, escupe, se seca las lagrimas con el antebrazo, al parecer es
inevitable, agacha la cabeza y entonces
escucho su llanto. Le comento a mi hermana lo acontecido y ella con gran
tristeza comenta.
—Pobre
señor, de verdad siento mucha tristeza por él, pues su hijo que apenas tenía
diez y siete años, embarazó a su novia, dejó la escuela y se puso a trabajar,
desde entonces al joven también lo noto muy triste, jamás los he visto juntos,
nunca he visto que salga con su “ahora esposa” llega de trabajar temprano y se
va a caminar al parque, alguna vez me lo encontré ahí sentado, arrojando
piedras al azar y cuando, al parecer, se aburre, regresa a su casa, de ahí no
vuelve a salir hasta el día siguiente.
No puedo decir
nada, comparto la nostalgia ajena y sin embargo me siento parte de esa
incidencia. Y así transcurrieron, dos días, tres, una semana y finalmente dos,
en que veía llegar a ese señor con la escena nada gratificante para mi alma. No
soy nada para poder alterar padecimientos del corazón, pero me pregunté ¿cómo
podría superar yo la muerte de mi esposa, más si fue la mujer que amé durante
ese transcurso de mi vida? Por supuesto que no obtuve la respuesta, menos ahora
que lo he repensado. Podría adelantarme a
conjeturar: Llorar, llorar como aquél hombre hasta comprender que la paz se
adquiere a través del tiempo. Y ya entrado en llantos (y no es ironía, como
acostumbro) sino, padecimiento humano, dejo acá el poema de Oliverio Girondo
mientras lo releo acompañado de un timbre de voz inentendible debido a algunas
lágrimas.
Llorar
a lágrima viva...
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
martes, 3 de julio de 2012
Filípica
Imposible me es
describirlo de otro modo, mentira sería especularlo armonioso, de lenguaje
largo, de sonrisas inquebrantables o de una alegría trascendente. Mi padre fue
y es lo que siempre supo ser, de una mirada reflexiva, de unos sustantivos
desordenados sin adjetivos, con las manos siempre puestas en el cemento,
ladrillos y varillas; mientras a un lado permanecía mi madre, silenciosa,
zurciendo pantalones y camisas. Ese hombre permanecía callado, con las piernas
cruzadas, se sentaba en el patio de la casa y miraba al horizonte —tal
vez jamás estuvo en paz con mi madre, y probablemente anheló constantemente su
huída —
como se mira un deseo sin lograrlo.
Debo decir
también que jamás me dijo —te quiero— porque mi padre no tenía tiempo y mucho menos
para desperdiciarlo en tres sílabas, si con esfuerzo ablandaba los labios para
nombrar a mi madre. Nunca supe ni entendí del porqué su coraje, yo le miraba
partir las leñas con un hacha pesada y apilarlas junto a la pared de la casa.
En ocasiones cuando ataba la yunta con una seriedad dura como el de los toros,
a cinturonazos me ordenaba ayudarlo, con las lagrimas en los labios yo iba tras
de él, arrojando las mazorcas para el sembrado. Y si mi madre intervenía por
nosotros le iba peor. Recuerdo que una noche, ya todos dormidos, mi padre se
levantó, se despojó el cinturón y de un puño cerrado en la cara levantó a mi
madre, ésta, llorando intentó defenderse y con la hebilla del cinturón le
reventaron los labios, la sangre escurría sobre las cobijas y el lloriqueo de
mi hermana menor y el mío armonizaban el cuarto, así el odio me fue conduciendo
a alejarme de ese hombre, —no me avergüenzo en decirlo—.
Lo quise,
sin duda, pero cada vez que presenciaba esa escena roja, me decía —ojalá se
muera pronto, pronto, pronto— y no moría y no moría. A veces mi madre se
levantaba a las dos o tres de la mañana y se dirigía a la cocina a llorar, yo,
quedito, iba tras de ella y le miraba cubrir su llanto y dolor por el humo de
las leñas mientras preparaba el café y
al verme me sonreía con los ojos hinchados y la cara morada, yo la abrazaba
llorando, llorando y después me secaba las lagrimas en su falda. Mi padre es y
será siempre ese hombre triste, con un pasado jamás expuesto, nunca vi que
abrazara a mi madre, era un hombre de emociones cerradas, sabía golpear bien,
poseía el arte de la rudeza, jamás dijo palabras hermosas a mi madre, tal vez
este último lo heredé bien de él, pues soy un hombre de poco afecto. Alguna vez
me cargó sobre sus hombros, pero sólo para cruzar un río gigante —en ese
entonces para mí— y nadamás, después me
bajaba y continuaba caminando junto a él, siempre silenciosos. Mi padre de poco
amor, me enseñó que se puede odiar de una manera precisa.
lunes, 21 de mayo de 2012
DESDE UN CUARTO PISO
Desde un cuarto piso, lejos de usarlo para el placer, me he puesto a admirar la ciudad. Una cosa magnífica, pero nada comparado como el día de ayer 20 de mayo del 2012 desde la cima del tezontle, subir cuesta, a medio camino uno ya saborea el dolor de garganta, la sed se hace presente como la sombra bajo los pies y es válido detenerse a descansar pero no abusemos, hay que llegar siempre al propósito, no solo de la mirada sino del cuerpo entero.
Al llegar, mis amigos y yo le otorgamos libertad a nuestros ojos y éste se dispersó sobre la ciudad entera, como las nubes que se arrastran sobre los techos. Las casas entonces se multiplican, están uniformes, algunas cuestiones -breves- se salen de contexto, pero no es problema, se soluciona con un simple -no miro- y listo. Cierto, también uno experimenta un escalofrío desde la punta de los pies hasta el corazón, si no está acostumbrado a las alturas, inclinar el cuerpo con mucha cautela, mirar abajo, y ver como se desmoronan las piedras arenosas provocan vértigo, y no queda otra salida más que pisar despacio, muy leve para asomarse, claro, por un solo instante, después con la misma discreción, regresar el cuerpo hasta que esté derecho, voltear y emprender la huída.
Para bajar, existen dos alternativas, uno, por donde se subió y el otro, sobre las arenas, nosotros elegimos el segundo, fue una cosa magnífica, los pies se hunden entre las diminutas piedras y sin embargo este mismo nos arrastra cuesta abajo, los pasos deben ser muy breves ya que si uno se encarrera no hay modo de detenerse, eso mismo le sucedió a uno de mis amigos, según él, le ganó la emoción, lo cierto es que improvisó un freno, meter los pies para caerse y girar e incorporarse. Se llevó unos raspones de espalda y el susto, por eso no hay porqué encarrerarse ni emocionarse. Desde un cuarto piso no es la misma experiencia, mejor sigamos usandolo para darle cuerda al placer, sobre todo en época de frío.
domingo, 22 de abril de 2012
Y PUNTO SEGUIDO
Todo se disfruta, siempre he pensado que así es. Mencionas "solo diré que lo disfruté mucho" la mejor parte del reencuentro es que uno vuelve a disfrutar el pasado, revivir entonces las cosas que creíamos obsoletas, comenzar a re-vivir minutos en unos besos (no es el ensayo que pretendo escribir) pero después de las caricias, de las confesiones, del palpar al otro, de tomarla de la mano de decir y engañar, vale la pena volver a estar mientras respire uno. Tú lo disfrutaste mucho y qué puedo decir yo sino agregar a ello una carcajada, y que así continué mi camino siempre.
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