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domingo, 11 de diciembre de 2011

NAVIDAD AJENA

Diciembre es un mes familiar por excelencia. Es la reunión de María y José para contemplar el nacimiento de Jesús; el salvador de los pecadores.

La ciudad se transforma en una maqueta. La gente citadina poda y adorna arboles, barre sus banquetas y pinta de amarillo la nariz de la misma y entonces cuelgan luces por todos lados, metáfora del nacimiento; dar a luz. No es de extrañarse que en esa fecha sagrada, vinos y sidras embriaguen nuestros ojos, pues son la sangre de Cristo y sería imperdonable no exhibirlas, mucho menos consumirlas, ley que respetan al pie de las letras los meros entendidos y fanáticos del alcohol.

Es 24 de Diciembre, medio día, el trabajo estuvo como dicen “algo pesado”. Desde la semana pasada las invitaciones me llovieron por todos lados por parte de la familia entre ellos amigos, sin embargo uno tiene que hacer estudios de todo tipo ¿Qué tan conveniente es ir por aquí o por allá? Hace un año fui con los primos que viven cerca de Chapultepec, elegí asistir con ellos porque el ambiente se pone “bueno” y no te restringen nada, puedes amanecerte con un poco de dolor de cabeza porque has cumplido como todo creyente beberte la sangre de Cristo, aunque exagerado pero lo hiciste.

Hace unas horas el sol todavía presumía sus pestañas doradas, ahora la noche ya se preparaba para el banquete navideño, de este evento nadie se escapa, hasta los vagabundos festejan la navidad bajo un techo nuevo de aire y frío.

Mi amigo Oscar a quien hace muchos años no veo fue el elegido para irlo a visitar, le llamé para acordar la zona del encuentro. Zumpango, un lugar que hasta su nombre me fue ajeno, jamás lo había oído, quizá porque no salgo mucho, pero la cita era a las 10:30pm, en la estación de las combis, con varias referencias: un Viana de lado derecho, un Elektra de aspecto antiestético y para precisar más, diez minutos antes de llegar; un campo de fútbol con paredes gris descamadas y entonces tendría que marcarle a su casa para dar aviso de mi llegada. Por supuesto que con esas claves ya era imposible perderme así que no me preocupé, todo estaba registrado en mi agenda.

Abordé el microbús dirección Taxqueña, muy poca gente, en realidad éramos sólo cinco pasajeros, y el conductor se lucía realizando acrobacias a una velocidad de muerte; muerte un elemento paradójico, la navidad no siempre difunde vida y alegría, en esos días suelen suceder catástrofes y en vez de una unión familiar se realiza una reunión para despedir a un alma Que en otra parte suceda el nacimiento de Cristo, aquí estamos de luto—.

Después tuve que abordar el metro dirección Toreo, éste transportaba más pasajeros. Algunos reflejaban desesperación, sus dedos lo manifestaban como si estuvieran tocando un clarinete invisible, otros aprovechaban el trayecto largo para echarse “una pestañita” y unos llevaban regalos para no llegar con las manos vacías a su destino.

Mi amigo me dijo: de Toreo abordas un camión que diga San Sebastián ése pasa por Zumpango, porque otra ruta es más complicado. Así que seguí escrupulosamente sus indicaciones, llegaría temprano el reloj marcaba las 9:00 pm, yo le marcaría a su teléfono en el momento de pasar frente al campo de fútbol y entonces él saldría por mí. El camión olía a aceite quemado, pero resultaba absurdo bajarme para esperar a que saliera el otro vehículo quien posiblemente tardaría en salir hasta quince o veinte minutos y mi cita navideña podría arruinarse.

Emprendió la marcha, la maqueta conocida de luces artificiales se ocultaba a mis espaldas. Ingresaba a un terreno nuevo. Arboles sin esferas ni estrellas en la cúspide, noche tejiendo sueño y mis ojos contemplando aquel terreno impropio; cada cosa está en su lugar. Me encontré frente al campo de fútbol, última referencia dictada por mi amigo, así que era el momento de llamarle, pero vaya sorpresa, no llevaba mi agenda; cuando uno tiene prisa o cree que ya ha tenido todo bajo control, por azares del destino ocurren cambios abruptos, no cargaba celular, porque entonces no me hubiera suscitado ese problema y todo estaría bien, su número lo habría registrado en ese aparatito. Estaba a miles de kilómetros de mi destino, por un momento pensé en bajarme, pero tampoco llevaba suficiente dinero como para regresarme, decidí aferrarme a la fe de que él tendría que llegar por mí al lugar indicado, así que seguí en el asiento como una estatua, siempre pensando en que él llegaría por mí.

Un Elektra bien iluminado, un Viana cerrada, unas cinco combis, unas personas bien abrigadas, un frío desencadenado.

Abandoné el asiento con todo y su temperatura cálida, era momento de enfrentarme al azar, miré mi reloj y marcaba a las 10:10, todavía faltaban veinte minutos para que él llegara. Mi primera actividad fue observar al lugar, un tanto lúgubre, banquetas agrietadas, avenidas adornadas de baches, postes presumiendo focos fundidos, algunos negocios con cartel de clausurado, signo de desánimo navideño, mi pensamiento se disolvió cuando un hombre bajó de una combi y se desplomó al suelo, los presentes no le prestaron atención, yo lo observaba del otro lado de la calle mientras me refugiaba bajo el abrigo de un poste frío. Se incorporó avanzó dos pasos y se tambaleaba, pensé que estaría borracho y por eso su desequilibrio, a unos metros se aproximaba una combi, entonces éste pitó cuando el hombre se encontraba a media calle y como no reaccionara algunas personas decidieron ayudarlo, me pareció que lo interrogaron sobre su estado de salud, si es que se encontraba bien o estaba borracho, lo llevaron a la banqueta a que se sentara y recuperara su equilibrio, obedeció tranquilamente acto que un borracho no realizaría, así que supuse que estaba enfermo o padecía alguna enfermedad. Miré el reloj, eran las diez cincuenta y cinco, seguro mi amigo estaría esperando mi llamada, pero no existía solución, era esperar y esperar porque ya no había transporte de regreso, decidí sentarme como lo había hecho el hombre de hace unos instantes, aguante muy poco pues el frío empezaba a incrementarse, miraba las combis que llegaban con la ilusión de que mi amigo bajara de uno, pero no, no sucedía eso, así que decidí levantarme e ir a explorar un poco el lugar, eran las once y cuarto; al parecer la navidad me atesoraba un festejo inolvidable. Poco a poco la gente se iba ausentando y la zona comenzaba a quedarse vacío. El primer lugar que encontré y que podía funcionar como mi cama fue un estacionamiento de camiones, pero estaba al aire libre y no tenía piso de cemento sino de tierra, a un lado divisé un baño con iluminación, me acerqué, me percaté bien de que no hubiera nadie y me acomodé para dormirme, podía ver las estrellas y el cielo azul, azul oscuro y podía oír el murmullo del viento, poco rato después me levantó un claxonazo, la avenida se encontraba atrás del baño, a unos tres metros, yo estaba casi a la vista. Miré el reloj y eran las 11:25 nuevamente me dirigí a la avenida con la intención de pedir posada al primer hombre o mujer que se me atravesara, pues en esas fechas nadie debe negar la entrada a ningún prójimo, y más si está en una circunstancia como la mía, volví a mi lugar donde minutos antes estuve sentado, pero ya no quedaba nadie, sólo una pequeña montaña de basura y perros persiguiendo a una perra con intención de realizar una copulación sagrada y por testigo me tendrían.

Seguí recorriendo el lugar, con la intención de hallar un refugio, porque si me quedaba el frío lograría arrebatarme la vida. Me encontré un cuarto vacío detrás de Waldos´Mart estaba en obra gris, no tenía nada adentro y por puerta lucía una ostentosa lona negra salpicada de cemento, despacio recorrí esa puerta flexible hasta estar seguro de que nadie me gritara: aléjate de mi casa como no sucedió, entonces ingresé ya era medianoche y los perros ladraban por todos lados mientras a lo lejos estallaban cohetes como mi desdicha. Era el nuevo profeta elegido que nacía ese día, si Cristo nació en un pesebre yo era aún más humilde naciendo en un piso duro con frío sin la presencia de mi madre ni padre, mucho menos de caballos, ni borregos, pero sí de perros y música y cohetes. Nacía en un día sagrado, en un lugar inconcebible para mis ojos, así como supongo; debe ser Belem, por primera vez la navidad me era desconocida.

A varias distancias se escuchaban ánimos navideños.

Al día siguiente Zumpango lucía con nuevo rostro, pedazos de cohetes tirados por todos lados, botellas de sidras olvidadas en una esquina, borrachos abrazados terminando la última gota de alcohol. La navidad había pasado como el frío mientras esa madrugada a las 6:00am emprendía yo mi huída.

viernes, 4 de junio de 2010

DIOS Y SUS INVITADOS (crónica literaria)



Es la última campanda, nos advierte mamá.
Significa que tenemos que abandonar este cómodo colchón para ir a un lugar totalmente distinto, donde todo es oído, silencio y amén.
Los domingos según sé, Dios lo hizo para descansar, entonces no comprendo cómo es posible que este día nos levanten más temprano que entre semana.
Mi hermana es la primera en abandonar la cama, como siempre obedeciendo a mamá, a mí me levantan con amenazas, tengo que obedecer. Mamá ya está lista con su Biblia en mano.
Aunque un poco tarde, ya estamos en la entrada de la casa de Dios, mamá dice que él es bueno, así que no tiene porque molestarse por nuestra impuntualidad, pero tambien se sabe que Dios es grande y eso si me consta, pues la puerta de su casa es verdaderamente gigante, huele a madera barnizada y está adornada con diminutos ángeles, mi hermana dice que ellos son los que se encargan de dar la bienvenida a todos aquellos que entran a la casa.
Ya dentro es sorprendente ver a mucha gente, desde bebés hasta ancianos, como si al interior de esa casa fuera a obsequiarse la vida eterna, todas las bancas están ocupadas y muchas personas más están de pie. El padre ya está hablando o como dice mamá, nos está comunicando la palabra de Dios, viste una túnica blanca y encima lleva la casulla sin adornos y la estola que parece una bufanda, tiene de adorno una cruz en cada punta y con la Biblia en mano igual que mamá; lee un fragmento que dice así “ el mundo pasa, y pasa también con él su concupiscencia, más el que hace la voluntad de Dios, permanece eternamente”. No entiendo lo primero, lo último sí, lo de permanecer eternamente, pero sé que eso es mentira, mi papá también traía siempre la Biblia en manos y ya no está con nosotros.
La casa de Dios es muy bonita, cuando uno entra, lo primero que puede observar son los ángeles en el techo, los colores de oro muy llamativos, los santos de diferentes tamaños y colores, la virgen de Guadalupe que siempre está con su cabeza inclinada y sus manos juntas como si guardara algún secreto en ellas, después si queremos observar más, podemos ver la cara de asombro que ponen algunas personas cuando el padre está leyendo la Biblia, y otras más están rascándose la cabeza como si la palabra de Dios los hubiera acariciado. Esta casa aparte de ser muy atractiva por dentro, es algo mágica, cuando el padre habla, su voz suelta un eco muy ligero, además ésta cuenta con agua bendita, mamá dice que no es ingerible porque te puede causar malestar estomacal, chistoso ¿verdad?, pues supuestamente todas las cosas de Dios son buenas, pero resulta que el agua de su casa es mala.
Como es gigante la casa, tiene varias ventanas y hay flores que antes sirvieron de adorno pero con el paso del tiempo se fueron marchitando y pasaron a ser basura, tiene un estante pequeño de libros con títulos como Mi primera comunión, Mi bautizo, El matrimonio, San Pedro, El evangelio, Padres y otros más. Nosé para que tiene Dios una casa tan grande y tantas comodidades si nunca está; tiene invitados, ángeles que dan la bievenida, personas que hacen el aseo, flores con aromatizantes. Dios, quiero contarles, recibe dinero, pues cada día que termina la misa, pasan a pedir con una canasta, la limosna para darle mantenimiento a su casa, además usa mucha luz, tiene ventanas grandes donde se asoman los rayos del sol, tiene veladoras encendidas, aparte tiene luz electrica, nuestra casa es pequeña no tenemos ni un perro que nos de la bienvenida y aparte nos hemos quedado sin luz, pero mamá dice que en una semana eso se resolverá, pues el gobierno lo ha prometido.
El padre comienza una oración y la gente que se encuentra sentada se tiene que levantar para persignarse y seguir la oración que el padre ha iniciado, como yo no sé persignarme, solo realizo algunos ademanes que se parecen mucho a una persignación, mamá ha intentado muchas veces que yo logre ese objetivo, pero me resulta complicado, así que ella ya se dio por bien servida con que yo me presente a la casa de Dios.
Ya casi termina la misa, el padre está cantando una canción y la gente le hace coro, como no me la aprendí, pues no la recuerdo.
Pero también Dios es muy extraño igual que mucha gente, ¿cómo es posible que tenga un ataúd dentro de casa, y en él haya un hombre acostado con una corona de espinas? A él lo he visto en la televisión cargar su cruz y miren a donde fue a morir. Si yo fuera Dios, lo enterraría, para eso se hicieron los panteones, es allí donde fuimos a enterrar a papá, mamá me dijo que allí era la casa de los muertos.
Algunas personas lloran cuando se acercan a ese ataúd, acarician el vidrio, se persignan y le dejan dinero, pero es mucha fila y muchas veces mamá se desespera, como era tanta la desesperación de ella, le dije que cuando yo muera, también quiero estar en un ataúd de vidrio y que me pongan del otro lado para que la gente no se desespere y la fila disminuya. La respuesta de mamá fue un coscorrón. No comprendí su actitud; ella debería seguir la palabra de Dios debe ser buena con los hijos y no pegarles.
Estará muy bonita la casa, pero es muy aburrida, lo único divertido que puedo encontrar en esa casa no es precisamente ver a niños de mi edad (pues no tiene caso, ya que no se puede jugar dentro) sino los santos, esos santos que tienen una cara de espanto, una cara seria, pues es divertido porque apuesto con mi hermana a que les gano en una retada de miradas, por desgracia siempre pierdo, ellos jamás parpadean. Le pregunto a mi hermana, ¿porqué nunca parpadean? ¿tampoco se aburren de estar en el mismo lugar? Cada domingo que venimos están en el mismo sitio, mi hermana responde que tienen que obedecer a Dios, ellos son los encargados de vigilar que la casa siempre esté en orden, por eso jamás parpadean. Pero para mí, eso es muy aburrido, estar en el mismo lugar sin moverse, sin hablar y sin parpadear por eso yo no quiero obedecer a Dios.
Antes de la última oración el padre nos ordena dar un saludo de paz a personas desconocidas, quienes muchas veces abusan de su fuerza y aprietan tan fuerte mi mano.
En la última oración que hace el padre toda la gente cierra los ojos y abren los brazos y comienzan a rezar, mamá me ordena que cierre mis ojos, lo hago, abro los brazos y comienzo a bostezar, me tapo la boca, abro los ojos y miro hacia afuera, sí, allí esta la diversión, está el parque y veo a muchos niños que se corretean y es tan divertido lo que hacen.
La gente junto con mamá se forman para ir a recibir la carne y sangre de Cristo, -nunca me he formado, porque no me gustaría comerme la carne de una persona, mucho menos bebería su sangre, eso lo he visto solo en la televisión y son los vampiros los que chupan y beben la sangre, pero para mí sería asqueroso. Lo único que quiero es salir a correr, respirar y nuevamente sentirme vivo.
Vuelvo los ojos en donde estoy y hay otros tantos niños como yo que seguramente están preguntándose si Dios alguna vez se aburrió tanto, cuando fue a visitar la casa de alguien más.
Por fin después de una hora el padre menciona las palabras que desde el principio quería escuchar “hijos, podéis ir en paz, la misa ha terminado”.